El año que estuvo viviendo en Tel Aviv, se la pasó descalza. Sin nada en los pies andaba por el campus de la universidad, los departamentos estudiantiles, el supermercado. Hasta en la calle, que ardía bajo los cuarenta y pico de grados de jamsim (viento del desierto). Descalza de aquí para allá. Sobre el pasto, el asfalto, las baldosas de la vereda, las explanadas. Solo en las aulas, durante las clases se calzaba, por respeto y por educación, que no dijeran que era una sudaca.
Todo el año con unas bermudas gigantes y unas remeras donde entraba ella misma, tres veces.
Se pasaba las horas en su habitación, leyendo como una frenética. Se devoraba una caja de Zucaritas Kellog's por día. Quince kilos más era un saldo que no la preocupaba.
Todo un año riendo. La risa era el objetivo final de todo y los medios para despertarla aparecían con cualquier pretexto.
Todo el día escuchaba música. Era hasta bizarro a veces, escuchar en el walkman, por ejemplo, a Teresa Parodi, cantando "Apurate José", por las calles de Tel Aviv.
Hoy se pesa todos los días de su vida, no tolera una diferencia de medio kilo demás.
Se viste casi inmediatamente de retirar la sábana de su cuerpo, se pone los zapatos y no se los quita hasta pasadas las once de la noche, así no necesite volver a salir a la calle. Así lleve tacos, el día y la noche transcurren y ella, calzada.
El calor la pone de muy mal humor, más de 30 grados le alteran el día.
Ninguna de sus prendas puede lucir un talle siquiera más grande que su cuerpo.
Le cuesta reírse, a veces hasta le duele un poco. Sólo ciertos y selectivos motivos le provocan risa, de esa que estalla y resuena.
Pero sigue escuchando cualquier música, en todos lados.